miércoles, 31 de julio de 2013

Cuando las estadísticas tienen cara y nombre, y la justicia pierde



Que Honduras es el país más violento del mundo es una afirmación que ya no nos asusta. Que cada día mueren 20 personas de manera violenta es una cifra que ya ni siquiera nos alarma. Que los sectores más golpeados por la violencia son las mujeres, los niños y los jóvenes menores de 23 años ya es parte de nuestra normalidad.
No obstante, cuando esas estadísticas adquieren la cara y el nombre de alguien con historias y con familias que conocemos, entonces la violencia logra otra dimensión y la tragedia muda de las cifras se convierte en un grito desesperado.
La semana pasada, entre las 20 víctimas diarias de la violencia apareció el nombre de Mireya Mendoza, una mujer joven, madre, amiga, compañera, jueza de sentencia en la ciudad de El Progreso, una profesional con una trayectoria intachable y miembro de la junta directiva de la Asociación de Jueces por la Democracia, organización hermana y parte de la Convergencia por los Derechos Humanos.
El asesinato de Mireya no sólo golpea a su familia y amistades, también es un golpe para la democracia. Como señaló Tirza Flores en su reciente testimonio ante la Comisión de Derechos Humanos Tom Lantos de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos, “Esta irreparable pérdida nos llena de profunda preocupación y pone en evidencia nuevamente la profunda crisis de seguridad que actualmente enfrentamos, en donde la vida de los seres humanos no tiene ningún valor, ni siquiera tratándose de una mujer valiente y comprometida con el fortalecimiento del Estado de Derecho, como es el caso de esta colega jueza”.
No sólo la judicatura está de luto. Toda Honduras perdió violentamente a una de sus mejores mujeres y a una de sus mejores juezas. Apropiándonos de las palabras de la Asociación de Jueces por la Democracia a la que Mireya pertenecía, decimos que “Un hecho como el acontecido, la muerte de una juzgadora en el altar de la justicia, debería conmocionar a todo el país. Todas y todos nos deberíamos indignar y hacer escuchar nuestra voz de repudio. Es hora de decir: ¡Basta ya! No más impunidad”.

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