miércoles, 26 de septiembre de 2012

La muerte viaja en motocicletas oscuras

Por Milson Salgado

A la Memoria de los mártires Antonio Trejo, Abogado de Marca grupo campesino Hondureño y Eduardo Díaz, Fiscal de Derechos Humanos.

La muerte violenta tiene licencia en Honduras. A veces se viste de pordiosera y juventud y viaja en motocicletas oscuras. Examina los últimos detalles de nuestra rutina. Se posesiona de horarios de hijos, de nombres de escuelas, de cafés y calendarios perdidos en fechas y horas, y traza un círculo cuadrado que limita los últimos pasos que gastarán nuestros zapatos.

Es la dueña de nuestros suspiros y hasta de nuestros inútiles sueños. Reconoce como ilusos a los soñadores y como revoltosos a los que se mueven por enmendarle el camino torcido al pobre paisito.
No suele dejar nada en el olvido y se venga hasta de la juventud apresurada, de la indigna forma en que aspiras por un mundo mejor, cuando millones de hombres y mujeres se cocinan a fuego lento en los hornos de la productividad, el consumo y las fábricas.
La muerte hala gatillos intrascendentes sin melodramas o sentimientos de culpa, y cobra la recompensa a quienes almacenan el odio en cuartos herméticos, protegidos de apellidos morados y abolengos de camellos, y de dineros y guardaespaldas que cuidan hasta su farmacéutica longevidad.

La muerte intrusa, cobarde, impúdica, forma maldita de la sangre y el dolor humano, ayer domingo y hoy lunes, se ha engullido la vida de dos hombres coherentes, ángeles profanos del martirio, que como niños ingenuos no advirtieron que construyendo la vida de los humildes campesinos y de los demás hombres y mujeres de Honduras estaban tejiendo los hilos de su propia muerte.

Por qué inobjetable razón no entendieron que la vida es para los vivos, para los maestros de la trampa, para los que cercan con alambres, y son dueños de armas y voluntades, para los que compran el cielo en cuotas pagas y suelen arrendar el perdón divino a plazo fijo.

¿Para los hipócritas que se endulzan en social democracias, para los que almacenan graneros y palma africana, y se llevan sus ganancias eternas en muertes de heráldicas ancianidades, de gripes inofensivas, de diabetes no corregidas por mucha Coca Cola o de hartazgo renal?

¿Por qué razón Antonio no entendiste que reivindicando la tierra de los campesinos estabas ganándote un pedazo de tierra en el que solo cabe tu cuerpo y tratan de enterrar tu memoria?

¿Por qué razón Eduardo no comprendiste que en la Huelga de Hambre de Fiscales en la que casi mueres de amor por Honduras, el hambre seguiría y la justicia con tu muerte se pondría sus mejores galas de Rouge y Chanel para recibirte en el panteón de los elegidos en que se coronan a los que mueren de inocencia por el nombre maldito de las instituciones?

Quizás me invada el dolor y la rabia que lleva al escepticismo, pero en definitiva sus muertes valen más que miles de vidas juntas, porque los porcentajes miden milimétricamente la cobardía y la prudencia, y escenifican estadísticas de personas sobreviviendo en sanatorios y asilos de ancianos, asesinados de memoria y de tiempos, viviendo anacrónicamente las desdichas y dolor de los delirios por las imágenes borrosas, pero Eduardo y Antonio, ustedes duelen y era necesarios que vivieran. ¿Quién los condenó a la vida? ¿Por qué azaroso destino hoy duelen en la patria?

Quien les dibujó la muerte, sabía que sus miradas en el último jadeo no podían cruzarse con sus inmerecidas miradas, y que la última palabra vertida por sus gemidos llevaba el nombre brutal de sus victimarios.

¡Ojalá que Honduras escriba sin merecerlo sus nombres en páginas de Gloria, porque para mí y tantos amigos que los amamos ya jamás se apartarán de nosotros!

Hasta la Victoria compañeros.