viernes, 12 de octubre de 2012

Un informe complementario



La Comisión de Verdad se instaló en el año 2010 con el objetivo de esclarecer los hechos violentos relacionados con el golpe de Estado del 28 de junio de 2009, particularmente en lo que respecta a la comisión de graves violaciones a derechos humanos.

Fue conformada por personas de reconocida trayectoria en la defensa y promoción de los derechos humanos, entre ellas, la religiosa ecuatoriana Elsie Monge, el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, Nora Cortiñas de la Línea Fundadora de las Madres de Plaza de Mayo de Argentina, Mirna Perla, magistrada de El Salvador, la escritora hondureña Helen Umaña y el sacerdote diocesano Fausto Milla.

Después de muchos meses de trabajo de investigación, la semana pasada la Comisión de Verdad presentó su informe titulado “La voz más autorizada es la de las Víctimas”, en el que confirma la gravedad y sistematicidad de las violaciones a derechos humanos cometidas por el gobierno de facto, las cuales siguen cometiéndose durante el gobierno de Lobo Sosa sin que hasta el momento ni siquiera se manifiesta algún nivel de voluntad política para detener y perseguir estos crímenes.

Por ello, en el informe se demanda al Estado de Honduras detener las violaciones a derechos humanos, dignificar a las víctimas a través de la garantía del acceso a la justicia y la adopción de medidas efectivas para superar las causas estructurales de la impunidad.

Para la Comisión de Verdad, Honduras no podrá salir del abismo de violencia e impunidad en que se encuentra si no se inicie un proceso transparente de reparación integral de las víctimas y la sociedad que incluya medidas y acciones sobre el esclarecimiento histórico en el que el Estado investigue seriamente los hechos que generaron las graves violaciones a derechos humanos y sancione a los responsables intelectuales y materiales.

Este informe junto con el informe de la oficialista Comisión de la Verdad y la Reconciliación, coinciden en que sólo sobre la base de la verdad, la justicia y la reparación de las víctimas se podrá contribuir a la democratización del poder estatal, de la sociedad, sus instituciones y de las políticas por ellas aplicadas.

Por ello, este informe debe asumirse como complementario al ya presentado por la comisión oficial, y ambos documentos han de constituir las bases de la memoria histórica para que la sociedad en su conjunto purifique al Estado y sus instituciones de los violadores a derechos humanos y emprendamos el camino de la verdadera reconciliación nacional que todavía sigue siendo una utopía.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Honduras no es un Estado fallido



Recientemente, el embajador de uno de los países de la Unión Europea acreditado en el país, señaló que Honduras no puede ser considerada un Estado fallido porque sus instituciones funcionan perfectamente.

Este diplomático completaba su idea diciendo que el Estado y sus instituciones funcionan perfectamente pero cuando se trata de preservar los intereses de quienes tienen el poder político y económico en el país.

Cuánta razón tiene dicho embajador, ya que las instituciones estatales funcionan a la perfección cuando se trata de revertir el incipiente proceso de reforma agraria pero no funcionan para cumplir el mandato constitucional de implementar una reforma agraria integral que haga desaparecer los latifundios y los minifundios.

Las instituciones del Estado funcionan perfectamente cuando se trata de mantener la impunidad de empresarios, políticos, policías y militares que cometen graves actos de corrupción y graves violaciones a derechos humanos pero no funcionan cuando las víctimas y la sociedad exigen conocer la verdad de lo sucedido, que no es otra cosa que investigar y sancionar a los responsables materiales e intelectuales.

Las instituciones del Estado funcionan perfectamente cuando se trata de criminalizar la protesta social, la libertad de expresión y cualquier acción de oposición a las políticas represivas y regresivas del gobierno pero no funciona cuando tienen la obligación de prevenir el asesinato de 20 personas diarias y de garantizar que los culpables sean castigados.

Las instituciones del Estado funcionan a la perfección cuando se trata de exonerar de impuestos a los grandes capitales o de hacerse la vista gorda ante la gravísima evasión fiscal por parte de la empresa privada y de los ricos del país pero no funciona cuando tiene la obligación de adoptar todas las medidas necesarias para evitar que la pobreza asesine lentamente por hambre, desnutrición y enfermedad.

Es una cuestión de vida o muerte recuperar el Estado y sus instituciones, depurarlas, transformarlas, destruirlas y reconstruirlas hasta lograr que realmente sean herramientas para la dignificación de la vida de millones de hondureños y hondureñas que diariamente son sacrificadas en el altar de la muerte y la miseria.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

¡No podemos permitir que esos crímenes queden en la impunidad!

Por Sandra Marybel Sánchez

Advierto que las imágenes que copio abajo son fuertes y no pretendo con ello evitar que las vean. Todos los días, muchas familias tienen que ver las imágenes de sus parientes o amigos brutalmente asesinados, irrespetuosamente publicadas en los medios de comunicación gráficos y electránicos, .
 
Y digo que con la advertencia no pretendo que no las vean, porque quienes luchamos a diario por cambiar nuestro país desde distintos escenarios, jamás debemos olvidar el alto precio que han tenido que pagar muchos hombres y mujeres que osaron elevar su voz exigiendo justicia o intentando hacerla.  
 
Antonio Trejo y Eduardo Díaz pusieron sus conocimientos de la ley al servicio del pueblo, uno como abogado de los pobres, el otro como fiscal. A unos les enfureció ser vencidos en juicio por un abogado que no pertenecía a la élite de los togados, a pesar de contar ellos batallones de incondicionales dispuestos a torcer la ley a favor de quien paga. A los otros, los cegó la persecusión de un fiscal que no estaba dispuesto a tranzar.
 
Ambos eran molestos, incomodísimos a el sistema y por eso optaron, según ellos, por borrarlos del mapa. Lo que no entienden los autores intelectuales y materiales de esos crímenes; es que con sus muertes los sembraron en nuestras conciencias... y fructificarán. 
 
Creo que es necesario confrontarnos con las imágenes de la suerte que corren quienes no traicionan al pueblo y se mantienen fieles a sus principios de defender a quienes se encuentran en condiciones de mayor vulnerabilidad. Para no olvidar que con su sangre han contribuido a cimentar la sociedad más justa que todos y todas soñamos.  
 
Eduardo Diaz Mazariegos y AntonioTrejo, no se merecían las muertes que tuvieron y ¡No podemos permitir que esos crímenes queden en la impunidad! 
 
Sandra 
 
 
 
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La muerte viaja en motocicletas oscuras

Por Milson Salgado

A la Memoria de los mártires Antonio Trejo, Abogado de Marca grupo campesino Hondureño y Eduardo Díaz, Fiscal de Derechos Humanos.

La muerte violenta tiene licencia en Honduras. A veces se viste de pordiosera y juventud y viaja en motocicletas oscuras. Examina los últimos detalles de nuestra rutina. Se posesiona de horarios de hijos, de nombres de escuelas, de cafés y calendarios perdidos en fechas y horas, y traza un círculo cuadrado que limita los últimos pasos que gastarán nuestros zapatos.

Es la dueña de nuestros suspiros y hasta de nuestros inútiles sueños. Reconoce como ilusos a los soñadores y como revoltosos a los que se mueven por enmendarle el camino torcido al pobre paisito.
No suele dejar nada en el olvido y se venga hasta de la juventud apresurada, de la indigna forma en que aspiras por un mundo mejor, cuando millones de hombres y mujeres se cocinan a fuego lento en los hornos de la productividad, el consumo y las fábricas.
La muerte hala gatillos intrascendentes sin melodramas o sentimientos de culpa, y cobra la recompensa a quienes almacenan el odio en cuartos herméticos, protegidos de apellidos morados y abolengos de camellos, y de dineros y guardaespaldas que cuidan hasta su farmacéutica longevidad.

La muerte intrusa, cobarde, impúdica, forma maldita de la sangre y el dolor humano, ayer domingo y hoy lunes, se ha engullido la vida de dos hombres coherentes, ángeles profanos del martirio, que como niños ingenuos no advirtieron que construyendo la vida de los humildes campesinos y de los demás hombres y mujeres de Honduras estaban tejiendo los hilos de su propia muerte.

Por qué inobjetable razón no entendieron que la vida es para los vivos, para los maestros de la trampa, para los que cercan con alambres, y son dueños de armas y voluntades, para los que compran el cielo en cuotas pagas y suelen arrendar el perdón divino a plazo fijo.

¿Para los hipócritas que se endulzan en social democracias, para los que almacenan graneros y palma africana, y se llevan sus ganancias eternas en muertes de heráldicas ancianidades, de gripes inofensivas, de diabetes no corregidas por mucha Coca Cola o de hartazgo renal?

¿Por qué razón Antonio no entendiste que reivindicando la tierra de los campesinos estabas ganándote un pedazo de tierra en el que solo cabe tu cuerpo y tratan de enterrar tu memoria?

¿Por qué razón Eduardo no comprendiste que en la Huelga de Hambre de Fiscales en la que casi mueres de amor por Honduras, el hambre seguiría y la justicia con tu muerte se pondría sus mejores galas de Rouge y Chanel para recibirte en el panteón de los elegidos en que se coronan a los que mueren de inocencia por el nombre maldito de las instituciones?

Quizás me invada el dolor y la rabia que lleva al escepticismo, pero en definitiva sus muertes valen más que miles de vidas juntas, porque los porcentajes miden milimétricamente la cobardía y la prudencia, y escenifican estadísticas de personas sobreviviendo en sanatorios y asilos de ancianos, asesinados de memoria y de tiempos, viviendo anacrónicamente las desdichas y dolor de los delirios por las imágenes borrosas, pero Eduardo y Antonio, ustedes duelen y era necesarios que vivieran. ¿Quién los condenó a la vida? ¿Por qué azaroso destino hoy duelen en la patria?

Quien les dibujó la muerte, sabía que sus miradas en el último jadeo no podían cruzarse con sus inmerecidas miradas, y que la última palabra vertida por sus gemidos llevaba el nombre brutal de sus victimarios.

¡Ojalá que Honduras escriba sin merecerlo sus nombres en páginas de Gloria, porque para mí y tantos amigos que los amamos ya jamás se apartarán de nosotros!

Hasta la Victoria compañeros.

martes, 25 de septiembre de 2012

La vida no vale nada



La muerte violenta no ve colores, profesiones, ideologías ni condición social y económica. Cada día, la muerte arrebata a miles de familias sus niños, hombres y mujeres.

Diariamente son asesinadas 20 personas sin que nadie sea castigado por ello. Las autoridades encargadas de investigar estos hechos se limitan a repetir la misma cantaleta de que los propios muertos son culpables por andar en “malos pasos”, lo cual sólo es un intento para ocultar la incapacidad e ineficiencia de policías, fiscales y jueces, que a su vez es producto de la corrupción y pudrición del sistema de justicia en su conjunto. 

En Honduras la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes es de 82, que en concreto ha significado que en el año 2010 hubieran 6,239 homicidios, en el 2011 7,104 y de enero a junio de 2012 3,373 muertes violentas. En Chile, por el contrario, la tasa de homicidios apenas llega a 3.7.

La comparación entre Honduras y Chile, los países más violento y más seguro de América Latina respectivamente, refleja la masacre, la guerra de baja intensidad, el holocausto, la barbarie y el exterminio silencioso al que estamos sometidos los hondureños y hondureñas sin saber cómo, cuándo, dónde y quién será el siguiente.

Parafraseando al gran cantautor mexicano José Alfredo Jiménez, podemos denunciar que en Honduras “no vale nada la vida, la vida no vale nada”, y no importa si es la vida de nuestra niñez, de nuestra juventud, de nuestras mujeres, de los mejores hondureños y hondureñas que luchan por un país más justo y más compartido.

Y esta violencia provocada y fomentada por los poderes más oscuros de nuestro país, no sólo nos roba la vida física de quienes son enterrados en los cementerios públicos, privados y hasta clandestinos, sino también nos roba la vida en los espacios públicos, la vida en familia, la vida en la confianza en el otro, la vida que sólo puede ser digna si está liberada del temor y la miseria.

O terminamos resignados a cantar como José Alfredo Jiménez que la vida no vale nada y que “comienza siempre llorando y así llorando se acaba”, o asumimos con valentía y alegría, a pesar de la tragedia, la canción de Pablo Milanés en el sentido que la vida no valdrá nada cuando otros están muriendo y seguimos “aquí cantando cual si no pasara nada”.